Vista de las casas de colores de Longyearbyen, capital del archipiélago de Svalbard, con las montañas nevadas árticas al fondo.

Svalbard, Noruega: el archipiélago más disputado del Ártico

Longyearbyen, capital de Svalbard y ciudad más septentrional del mundo con vuelos regulares, vista desde las alturas con su característica arquitectura de colores sobre el fiordo ártico. Foto: Wikimedia Commons (CC BY-SA).

A 1.000 km del Polo Norte, un tratado de 1920 garantiza que cualquier país firmante puede operar en territorio noruego. Lo que en su momento fue un acuerdo para explotar carbón es hoy el epicentro de la tensión entre Rusia, China y la OTAN en el Alto Norte.

En el extremo norte del mundo, el archipiélago de Svalbard condensa todas las contradicciones de la geopolítica ártica del siglo XXI. Es territorio soberano de Noruega — miembro fundador de la OTAN — pero el Tratado de Svalbard de 1920 garantiza a todos sus signatarios el derecho a operar allí en igualdad de condiciones. Rusia tiene una comunidad instalada desde hace décadas. China tiene una estación de investigación. Y el Tratado prohíbe expresamente cualquier uso militar del archipiélago.

Vista panorámica de Pyramiden, el asentamiento minero soviético abandonado en Svalbard, Noruega, con el fiordo y las montañas árticas al fondo.
Pyramiden, el asentamiento minero soviético abandonado en 1998, sigue siendo propiedad de la empresa estatal rusa Arktikugol. Hoy conviven allí trabajadores rusos y ucranianos bajo el Tratado de Svalbard. Foto: Buiobuione / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

El resultado es una paradoja geopolítica única: un territorio de la OTAN donde Rusia mantiene presencia permanente, China expande su infraestructura científica y Noruega intenta gestionar la tensión sin violar el marco legal que le otorga soberanía.

Un tratado de 1920 que nadie esperaba que durara tanto

El Tratado de Svalbard fue firmado en París en 1920, en el contexto de las negociaciones post-Primera Guerra Mundial. Su lógica era simple: reconocer la soberanía noruega sobre el archipiélago — entonces conocido como Spitsbergen — mientras garantizaba a los países firmantes el derecho a realizar actividades comerciales, científicas e industriales en el territorio en condiciones de igualdad con los ciudadanos noruegos.

Lo que nadie anticipó en 1920 es que ese acuerdo seguiría vigente un siglo después, en un Ártico que se derrite, con potencias como China — que ni siquiera existía como república en esa fecha — reclamando derechos bajo su paraguas legal.

Hoy son 46 países signatarios, incluyendo Rusia y China. El Tratado les garantiza acceso — pero también les impone límites: Svalbard no puede ser utilizado para fines militares ni como base de operaciones navales o aéreas de guerra. Esta cláusula de desmilitarización es el núcleo de la tensión actual.

Rusia en Svalbard: de las minas de carbón a la tensión permanente

Mapa detallado del archipiélago de Svalbard, Noruega, mostrando Longyearbyen, Barentsburg, Pyramiden, Ny-Ålesund y la estación satelital SvalSat.
El archipiélago de Svalbard con sus principales asentamientos geopolíticos: Longyearbyen (capital noruega), Barentsburg y Pyramiden (asentamientos rusos), Ny-Ålesund (estación científica china) y SvalSat (estación satelital). Mapa: Ozzi 2026 / geopovision.com (CC BY-NC-ND).

Durante décadas, la presencia rusa en Svalbard se articuló en torno a dos asentamientos: Barentsburg, la comunidad activa, y Pyramiden, la ciudad fantasma abandonada en 1998 tras el colapso soviético.

Barentsburg sigue operando — subsidiada por el estado ruso a través de la empresa estatal Arktikugol — pese a que sus minas de carbón llevan años sin ser económicamente viables. En junio de 2025, Longyearbyen cerró su última mina de carbón. Barentsburg sigue abierta. La diferencia no es económica — es estratégica: Rusia paga para mantener una presencia permanente en territorio de la OTAN.

Lo que hace la situación aún más singular es que en Barentsburg — y en menor medida en Pyramiden — conviven trabajadores rusos y ucranianos bajo el mismo empleador estatal, en plena guerra. El Tratado de Svalbard crea una coexistencia forzada que el mundo exterior hace imposible.

Desde la invasión de Ucrania en 2022, la atmósfera en Barentsburg cambió radicalmente. Los contactos con Longyearbyen se enfriaron al mínimo. El simbolismo político se intensificó — en el puerto de Pyramiden, la bandera noruega fue reemplazada por la bandera soviética. Un obispo ortodoxo ruso erigió una cruz ortodoxa gigante sin notificación previa a las autoridades noruegas.

Las agencias de viajes noruegas dejaron de vender tours a Barentsburg y Pyramiden. Hoy, quien quiere visitar los asentamientos rusos debe contratarlo directamente con operadores locales rusos — un pequeño pero elocuente síntoma de la fractura.

China llama a la puerta — y Noruega empieza a cerrarla

Estación de investigación del Instituto Polar Ártico de China en Ny-Ålesund, Svalbard, Noruega.
La estación del Instituto Polar Ártico de China en Ny-Ålesund, el centro científico internacional de Svalbard. En abril de 2025, Noruega exigió la remoción de dos esculturas de leones que decoraban su entrada. Foto: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).

La presencia china en Svalbard se articula principalmente en Ny-Ålesund, el centro científico internacional del archipiélago, donde opera el Instituto Polar Ártico de China desde hace décadas.

Durante años, Noruega toleró esta presencia sin mayores fricciones. En abril de 2025, las autoridades noruegas tomaron una decisión aparentemente menor pero simbólicamente reveladora: exigieron la remoción de dos esculturas de leones que decoraban la entrada de las instalaciones chinas — donde llevaban sin incidentes más de dos décadas. Poco después, la única institución de educación superior de Svalbard anunció que no podía seguir admitiendo estudiantes chinos, debido a que las preocupaciones de seguridad noruegas impedían su acceso a ciertas excursiones y visitas.

Es un patrón de desenganche gradual con los actores que Oslo percibe como riesgos estratégicos — el mismo que ya se había hecho evidente con Rusia. China, fiel a su estilo, combina investigación científica con tecnología de doble uso. Su presencia en Svalbard es parte de la misma lógica que guía su expansión en el Ártico y la Antártida: llegar primero, establecer infraestructura, y posicionarse antes de que las reglas del juego cambien.

La trampa estratégica del Tratado: desmilitarización vs. seguridad

El Tratado de Svalbard prohíbe el uso del archipiélago para fines militares. Noruega lo respeta escrupulosamente — pero eso no impide que Svalbard sea uno de los puntos estratégicos más sensibles del flanco norte de la OTAN.

El rompehielos USCGC Healy de la Guardia Costera de EE.UU. junto a un buque de la Guardia Costera noruega en el Mar de Barents, cerca de Svalbard.
El rompehielos USCGC Healy junto a un buque de la Guardia Costera noruega en el Mar de Barents, próximo a Svalbard. La cooperación naval entre EE.UU. y Noruega en el flanco norte de la OTAN se ha intensificado desde 2022. Foto: U.S. Coast Guard

En Longyearbyen opera el aeropuerto civil más septentrional del mundo con vuelos regulares, infraestructura de comunicaciones satelitales de primer nivel y capacidad logística para operaciones en el Alto Norte. Nada de eso es militar en sentido estricto — pero todo tiene aplicaciones de uso dual que no escapan a ningún analista de defensa.

Rusia lo sabe. En 2017, una visita rutinaria de parlamentarios de la OTAN a Svalbard desencadenó protestas diplomáticas de Moscú. En 2016, fuerzas especiales chechenas aterrizaron en el archipiélago antes de realizar ejercicios de paracaidismo sobre el casquete polar — sin notificación previa. El ejercicio ruso Zapad 2017 incluyó una simulación de asalto anfibio en la región.

El Kremlin sabe que una ocupación directa de Svalbard sería un acto de guerra contra la OTAN. Pero las tácticas de zona gris — presencia permanente, simbolismo político, presión gradual — son una herramienta que no viola la letra del Tratado mientras erosiona su espíritu.

Los chokepoints que lo cambian todo

La razón profunda por la que Svalbard importa estratégicamente no es el carbón ni la ciencia — son dos estrechos marítimos que controlan el acceso entre el Océano Ártico y el Atlántico Norte.

El Bear Gap — entre Svalbard, la Isla de Oso y el norte de Noruega — y el GIUK Gap — entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido — fueron las líneas de suministro vitales de América del Norte hacia Europa durante ambas Guerras Mundiales. Hoy siguen siendo los corredores por donde transitan los submarinos nucleares rusos de la Flota del Norte, basada en la Península de Kola, hacia el Atlántico.

Mapa estratégico del Ártico mostrando los corredores navales Bear Gap y GIUK Gap, con la ruta de acceso de los submarinos rusos desde la Península de Kola hacia el Atlántico Norte.
Los corredores Bear Gap y GIUK Gap — los puntos de estrangulamiento que controlan el acceso entre el Océano Ártico y el Atlántico Norte. La flecha azul indica la ruta de los submarinos de la Flota del Norte rusa. Mapa: Ozzi 2026 / geopovision.com (CC BY-NC-ND).

Quien controle Svalbard tiene una posición privilegiada para monitorear — o negar — el tránsito por esos chokepoints. Eso convierte al archipiélago en un activo estratégico de primera línea, independientemente de lo que diga el Tratado de 1920 sobre la desmilitarización.

Noruega presenta en 2025 su nuevo plan de defensa para 2025-2036, con una inversión prevista de 611.000 millones de coronas — unos 60.000 millones de dólares. El flanco norte es una prioridad explícita.

Conclusión

Svalbard es el microcosmos más preciso del Ártico del siglo XXI. Un tratado centenario que garantiza coexistencia en un momento en que la coexistencia global se fractura. Una potencia ártica — Noruega — que debe gestionar la presencia permanente de Rusia y China en su propio territorio sin violar el marco legal que le da soberanía. Y dos chokepoints que convierten a un archipiélago de 3.000 habitantes en una pieza clave del tablero de disuasión nuclear.

En agosto, cuando el sol de medianoche ilumina Longyearbyen las 24 horas, turistas de todo el mundo llegan buscando osos polares y glaciares. A pocos kilómetros, en Barentsburg, ucranianos y rusos comparten el mismo comedor bajo la misma bandera soviética. El Tratado de Svalbard los mantiene ahí — a todos.

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